lunes, 13 de junio de 2016
UN CUENTO ...
Aprovechar
una situación desfavorable
Cuenta esta
historia que un joven de la ciudad se fué al campo y le compró un burro a un
viejo campesino, por $ 100.
El campesino acordó entregarle el animal al día siguiente, pero al día siguiente el campesino le dijo:
- Lo siento hijo, pero tengo malas noticias... el burro murió.
- Bueno, entonces devuélvame mi dinero...
- No puedo, ya lo he gastado…
- Bien... da igual, entrégueme el burro...
- Y ¿para qué?... ¿Qué va a hacer con él?
- Lo voy a rifar.
- ¡Estás loco! ¿Cómo vas a rifar un burro muerto?
- Es que no voy a decir a nadie que está muerto, por supuesto.
Un mes después de este suceso, se volvieron a encontrar el viejo vendedor y el joven comprador.
-Que pasó con el Burro?
- Lo rifé, vendí 500 rifas a $ 2.- y gané $998.-
-¿Y nadie se quejó?
- Sólo el ganador... pero a él le devolví sus $ 2.
El campesino acordó entregarle el animal al día siguiente, pero al día siguiente el campesino le dijo:
- Lo siento hijo, pero tengo malas noticias... el burro murió.
- Bueno, entonces devuélvame mi dinero...
- No puedo, ya lo he gastado…
- Bien... da igual, entrégueme el burro...
- Y ¿para qué?... ¿Qué va a hacer con él?
- Lo voy a rifar.
- ¡Estás loco! ¿Cómo vas a rifar un burro muerto?
- Es que no voy a decir a nadie que está muerto, por supuesto.
Un mes después de este suceso, se volvieron a encontrar el viejo vendedor y el joven comprador.
-Que pasó con el Burro?
- Lo rifé, vendí 500 rifas a $ 2.- y gané $998.-
-¿Y nadie se quejó?
- Sólo el ganador... pero a él le devolví sus $ 2.
CONCLUSIÓN:
éste es un ejemplo de cómo convertir una situación desfavorable, en un éxito.
BUENOS DÍAS DESDE ARCOS DE LA FRONTERA A TODO EL MUNDO
La historia de Canelo es
la historia de un perro cualquiera y su amo. Es una historia de amor, de
cariño, de lealtad, de respeto. Es otra de tantas historias que la Vida, la
Naturaleza, Dios, o como quieran llamarlo, nos dá tan a menudo. Una historia de
la que nosotros, inmersos en este mundo donde predomina el egocentrismo, la
competitividad y la inmediatez, tenemos que aprender. En definitiva, una de
esas historias sencillas, sin héroes ni hecho épicos pero que nos enseña lo
humildes e insignificantes que somos como especie y como individuos.
Canelo era el mejor amigo
de un hombre de Cádiz. Un chucho que acompañaba a su dueño a todas partes y en
todo momento y que hacía mucho más llevadera su soledad. Ambos eran fieles amigos
y podía vérseles pasear a menudo por las calles gaditanas. Una vez a la semana,
uno de esos paseos llevaba al perro y a su dueño al hospital, pues el señor
padecía de problemas renales y tenía que someterse a tratamiento de diálisis.
Canelo esperaba en la puerta del hospital -pues lógicamente los perros no
pueden entrar- tumbado hasta que su dueño salía y volvían juntos a casa.
Un día, el hombre sufrió
una complicación en su enfermedad que no pudo superar y falleció en el
hospital. Canelo, como siempre, seguía esperando la salida de su dueño tumbado
junto a la puerta del hospital. Pero su dueño nunca salió.
El perro permaneció allí
sentado, esperando. Ni el hambre ni la sed lo apartaron de la puerta. Día trás
día, con frío, lluvia, viento, calor… permanecía junto a la entrada del
hospital esperando a su amigo. La gente de la zona se percató del hecho y
empezaron a cuidar del animal. Le llevaban comida, agua y casi lo cuidaban como
si fuera uno más. Incluso en una ocasión la perrera se lo llevó para sacrificarlo
y la presión popular hizo que indultaran al perro.
12 años. Eso fue el tiempo
que estuvo Canelo en la puerta del hospital esperando, y no se marchó aburrido,
ni en busca de comida o adoptado por una nueva familia. Murió en las puertas
del hospital, atropellado. Un final muy trágico, al menos así lo vemos
nosotros, pero quizá no lo fue tanto para él que, de algún modo, se reencontró
por fin con su querido dueño.
La historia de Canelo se
conoció en toda la ciudad de Cádiz e incluso llegó a sobrepasar las fronteras.
El pueblo gaditano, en reconocimiento al cariño, dedicación y lealtad de
Canelo, de ese chucho que renunció a abandonar a la persona querida hasta su
último aliento, dió nombre a una calle e hizo una estatua en su honor.
Autor
Desconocido
domingo, 12 de junio de 2016
ARCOS DE LA FRONTERA EN EL RECUERDO: ARCOS EN EL CINE - Los Guerrilleros (1962)
ARCOS DE LA FRONTERA EN EL RECUERDO: ARCOS EN EL CINE - Los Guerrilleros (1962): Título original: Los guerrilleros Año: 1962 Duración: 80 min. País: España Director: Pedro Luis Ramírez Guión: Antonio Mas-Guinda...
UN CUENTO...
Consejo
chino
Una vez un
campesino chino, pobre y muy sabio, trabajaba la tierra duramente con su hijo.
Un día el hijo le dijo: "Padre, ¡qué desgracia! Se nos ha ido el caballo."
"¿Por qué le llamas desgracia? - respondió el padre, veremos lo que trae el
tiempo..."
A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo. "¡Padre, qué suerte! - exclamó esta vez el muchacho, nuestro caballo ha traído otro caballo."
"¿Por qué le llamas suerte? - repuso el padre, veamos qué nos trae el tiempo."
En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se enfurecio y lo arrojó al suelo. E muchacho se quebró una pierna.
"Padre, qué desgracia! - exclamó ahora el muchacho - ¡Me he quebrado la pierna!"
Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:
"¿Por qué le llamas desgracia? Veamos lo que trae el tiempo!"
El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que se quejaba en su cama. Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.
El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno.
Un día el hijo le dijo: "Padre, ¡qué desgracia! Se nos ha ido el caballo."
"¿Por qué le llamas desgracia? - respondió el padre, veremos lo que trae el
tiempo..."
A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo. "¡Padre, qué suerte! - exclamó esta vez el muchacho, nuestro caballo ha traído otro caballo."
"¿Por qué le llamas suerte? - repuso el padre, veamos qué nos trae el tiempo."
En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se enfurecio y lo arrojó al suelo. E muchacho se quebró una pierna.
"Padre, qué desgracia! - exclamó ahora el muchacho - ¡Me he quebrado la pierna!"
Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:
"¿Por qué le llamas desgracia? Veamos lo que trae el tiempo!"
El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que se quejaba en su cama. Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.
El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno.
La moraleja
de este antiguo consejo chino es que la vida da tantas vueltas, y es tan
paradójico su desarrollo, que lo malo se hace bueno, y lo bueno, malo. Lo mejor
es esperar siempre el día de mañana, pero sobre todo confiar en que todo sucede
con un propósito positivo para nuestras vidas.
BUENOS DÍAS DESDE ARCOS DE LA FRONTERA A TODO EL MUNDO
Los Markovitz era una de las pocas familias judías que vivían en
un apacible suburbio de Pensilvania cuyas calles se llenaban de luces navideñas
en Diciembre. Ellos en cambio, colocaban una menorá (Candelabro judío de nueve
brazos) encendida en una ventana de su casa como recordatorio de que también
era el inicio de la Hanuka, una de sus principales fiestas religiosas.
Un día, a eso de las 5 de la mañana Judy Markovitz se despertó al
oír un fuerte ruido. Habían roto la ventana y arrancado la menorá.
Para los Markovitz fue una agresión que removió viejas heridas, ya
que los padres de Judy habían estado en el pasado recluidos en un campo de
concentración-.
Los Markovitz luego de recuperarse emocionalmente repararon la
ventana y al terminar la reparación salieron a visitar al hermano de Judy, sin
saber que sus vecinos se disponían a reparar algo más.
En la
noche, cuando la familia Markovitz regresaba a su casa, un extraordinario
espectáculo los sorprendió al doblar la calle: Casi todas las casas de la
manzana estaban adornadas con una menorá resplandeciente. La hija de la pareja,
Vicky, hoy día de 18 años, recuerda aquellas ventanas iluminadas como una señal
de compasión y solidaridad. " Fue como si todos los vecinos dijeran: Si vuelven
a romper las ventanas de ellos, también tendrán que romper las nuestras".
Compasión y solidaridad son dos joyas que necesitas hoy recuperar.
Reír con el que ríe y llorar con el que llora. Que nunca demos la
espalda al que sufre, porque tarde que temprano se nos pagará con la misma
moneda.
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