domingo, 2 de octubre de 2011

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NUEVO DÍA

El campo de entrenamiento tuvo un brusco despertar para el joven que se enroló en el ejército con el fin de librarse de la autoridad de sus padres.

Consideró que entrar al servicio, le ofrecería la libertad ansiada para hacer lo que le placiera. Sabía que el entrenamiento era rudo, pero tenía la certeza de poder lidiar con la situación. Además, el período allí solo abarcaría seis semanas. ¡Y luego, libre al fin!

Aquella mañana, despertando por los gritos del sargento, el joven soldado se vio de frente a la realidad. Mamá, papá y todos sus maestros juntos, no podían compararse con lo que estaba a punto de enfrentar. Sus seis semanas amenazaban con volverse eternas.

Escribía con regularidad a sus padres e incluía notas de agradecimiento, las primeras que estos recibieran de parte de su hijo. Incluso expresaba gratitud por la labor desempeñada por sus profesores para con él.

Este joven conoció pronto la importancia de aprender a tratar los peligros del soldado en la guerra. Encaró la necesidad de estar alerta y preparado.

El sargento entrenó a los reclutas para anticiparse a la estrategia del enemigo, estando conscientes de que este acechaba y se disponía a atacar sin advertencia. Les enseñó que era también extremadamente habilidoso, que estudiaba y aguardaba nuestro momento de mayor debilidad para agredirnos.

La Biblia expone que debemos velar debidamente y estar instruidos; así no pecaremos. Dios ha provisto la armadura apropiada y el entrenamiento requerido para vencer al adversario. Nos convertimos en soldados de Cristo, al formar parte de Su familia.

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MEDITACIÓN DIARIA

Nuestro ángel de la guarda
Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo con nuestro ángel de la guarda que está a nuestro lado y nos ayuda de mil modos.
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net


Muchos tienen la costumbre de hablar con su ángel de la guarda. Le piden ayuda para resolver un problema familiar, para encontrar un estacionamiento, para no ser engañados en las compras, para dar un consejo acertado a un amigo, para consolar a los abuelos, a los padres o a los hijos.


Otros tienen al ángel de la guarda un poco olvidado. Quizá escucharon, de niños, que existe, que nos cuida, que nos ayuda en las mil aventuras de la vida. Recordarán, tal vez, haber visto el dibujo de un niño que camina, cogido de la mano, junto a un ángel grande y bello. Pero desde hace tiempo tienen al ángel “aparcado”, en el baúl de los recuerdos.


De grandes es normal que hablemos a los niños de su ángel de la guarda. Nos sería de provecho pensar también en nuestro ángel que está a nuestro lado y nos ayuda de mil modos.


Es verdad: Dios es el centro de nuestro amor, y a veces no tenemos mucho tiempo para pensar en los espíritus angélicos. Podemos, sin embargo, ver a nuestro ángel de la guarda no como una “devoción privada” ni como un residuo de la niñez, sino como un regalo del mismo Dios, que ha querido hacernos partícipes, ya en la tierra, de la compañía de una creatura celeste que contempla ese rostro del Padre que tanto anhelamos.


Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo, como el de los niños que poseen el Reino de los cielos (cf. Mt 19,14), con el propio ángel de la guarda. Para darle las gracias por su ayuda constante, por su protección, por su cariño. Para sentirnos, a través de él, más cerca de Dios. Para recordar que cada uno de nosotros tiene un alma preciosa, magnífica, infinitamente amada, invitada a llegar un día al cielo, al lugar donde el Amor y la Armonía lo son todo para todos. Para pedirle ayuda en un momento de prueba o ante las mil aventuras de la vida.


Necesitamos repetir, o aprender de cero, esa oración que la Iglesia, desde hace siglos, nos ha enseñado para dirigirnos a nuestro ángel de la guarda:


Ángel del Señor, que eres mi custodio,
puesto que la Providencia soberana me encomendó a ti,
ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname en este día.
Amén.